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Una mirada a nuestra historia
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Los árabes y la nueva ciudad
Los últimos años del reino visigodo contemplan un recrudecimiento de las luchas por el poder en el seno de la aristocracia. Debilitados y divididos, no tardan mucho en sucumbir ante el empuje de pueblos vecinos. Los herederos de Witiza llaman en su ayuda a pueblos musulmanes del norte de África, para luchar contra de los partidarios de D. Rodrigo. Ganan la batalla (Guadalete, 711), es cierto, pero perderán aquello que quisieron para sí: la riqueza de las tierras que contemplan seduce a los recién llegados, y deciden quedarse.
La ocupación de la Península por parte de las tropas musulmanas, al mando de Tariq, Musa (gobernador del Magreb) y su hijo Abd el Azíz, se produce con muy poca resistencia. Tanto es así que en cinco años (711-716) han llegado a los Pirineos. Nuevas tierras, nuevos paisajes se abren ante sus ojos: fértiles y cálidos valles cual jardines de Damasco, sierras altas y frías como el Atlas aunque con un aroma distinto; parameras, amplias llanuras… todo un nuevo mundo, y la puerta abierta para entrar en otro mayor. En su marcha hacia el norte pasarán más de una vez por Complutum, sempiterno cruce de caminos, siendo ocupada ya en el 714. La capital quedará establecida en Córdoba, y las fuentes árabes empiezan a denominar a los nuevos territorios Al-Andalus, de momento dependientes del Califato de Damasco. En el corazón de la literatura y la poesía árabes quedará ya para siempre grabada la imagen de Al-Andalus. Sin embargo, los restos de la nobleza hispano-visigoda no se resignarán ante la nueva situación de Hispania, y el 722, tras la batalla de Covadonga, comenzará el proceso de reconquista de los territorios perdidos.
Nuevas gentes han llegado a la vieja Complutum. Aparte de una minoría de origen árabe, la clase dirigente, el resto son de origen bereber del norte de África, muchos de ellos pastores acostumbrados a los terrenos escarpados y los barrancos. Hablan árabe y han adoptado la fe musulmana recientemente. Lengua, fe, costumbres... probablemente contribuyeron a que no se mezclaran en un principio los nuevos pobladores con los antiguos, según algunos autores, y que se establecieran al otro lado del Henares, a la altura de la actual ermita del Val. Allí, en los barrancos y cerretes al pie del Ecce Homo, organizarán una nueva población como tantas otras en Al-Andalus y el norte de África, con sus callejuelas, su mercado al abrigo de la mezquita... Los cristianos del llano seguirán más o menos con su vida cotidiana, aunque bajo la nueva autoridad musulmana.
En estos primeros tiempos, y en general durante buena parte de su dominio, los musulmanes serán tolerantes con la fe cristiana de la población local, aunque por supuesto habrá épocas de mayor intolerancia y de persecución. Hacia el 748 es liberado por su señor un esclavo procedente de Burdeos, San Urbicio. Según algunos, su devoción por los Santos Justo y Pastor le trae a Complutum para agradecer en persona el favor concedido. Pero por temor de que las reliquias pudieran ser profanadas, no se sabe si con consentimiento de nuestros antepasados o no, se las lleva a Francia. O tal vez una pequeña comunidad de fieles complutenses decidió emigrar a territorio cristiano, siguiendo la vía de escape que tenían más a mano, hacia Zaragoza y el naciente Condado pirenaico de Aragón, llevándose consigo a sus venerados patronos. En cualquier caso, con estancia previa en Francia o no, San Urbicio y las reliquias se encuentran en los valles del Pirineo, y será en el valle de Nocito (Huesca) donde el santo fundará el monasterio de San Urbez para custodiarlas. Allí, junto a Justo y Pastor, será enterrado San Urbicio, y allí permanecerán los Santos Niños varios siglos, hasta que a principios del siglo XVI sean trasladados a Huesca. Aragón se convierte así en el segundo núcleo de expansión de su culto por toda la Península. A la labor difusora de León y Huesca se unirán muchos complutenses anónimos que, al emigrar a territorio cristiano durante todo el período musulmán, completarán la expansión de su devoción por toda la cristiandad hispana.
Los años han pasado, y con ellos la mitad del siglo VIII. Un temblor sacude al califato de oriente a occidente: la rebelión Abbasí acaba con el poder Omeya en Damasco, trasladando la capital a Bagdad. El último superviviente de la familia destronada huye a Al-Andalus, donde se proclamará emir independiente con el nombre de Abd al Rahman I. La población al otro lado del río ha ido creciendo, y hacia finales del siglo VIII o principios del IX, en una pequeña meseta a los pies del cerro del Ecce Homo y directamente sobre el río se construye una fortaleza, como parte de toda una serie de castillos destinada a defender la ruta secular hacia el valle del Ebro. Su nombre: Q’alat Abd al Salam, a partir de cuyo término Q’alat (“castillo, fortaleza”) surgirá el nombre de Alcalá, por la que se la conocerá siglos después. ¿Y en el llano? Algunos complutenses han emigrado a territorio cristiano. Los demás prefieren no abandonar sus hogares, sus tierras, la memoria de los santos complutenses y la protección del lugar de su martirio. Son los mozárabes, que a pesar de la ausencia de las reliquias, mantienen fieles el recuerdo de Justo y Pastor en la liturgia tradicional presidida por el obispo. Unos se han trasladado al otro lado del Henares, otros continúan al abrigo del templo madre complutense.
El siglo X, con Abd al Rahman III y sus sucesores, será la época de mayor esplendor de Al-Andalus: el Califato de Córdoba. Pero este esplendor se desvanecerá pronto, en apenas un siglo. El siglo XI va a contemplar cómo el califato se disgrega en pequeños reinos (Taifas), y cómo la frontera con los reinos cristianos se adentra en la cuenca del Tajo. Nubes de tormenta se ciernen otra vez sobre el solar complutense. El fantasma de la guerra siembra la inquietud en los hogares de uno y otro credo. Porque nadie está a salvo en medio de una tierra en disputa. Tal es así que en 1062 Fernando I sitia con sus tropas el castillo. Cuando el ejército se retira tras el pago del rescate exigido al rey de la taifa de Toledo, deja tras de sí un llano desolado y una población desierta. Los complutenses han huido: al castillo, a Toledo o a territorio cristiano. Toledo será reconquistada en 1085, y en esos últimos años del siglo XI y primeros del XII la ciudad y el castillo al otro lado del Henares serán ganados y vueltos a perder por los cristianos. Desde el norte de África llegan refuerzos, o más bien nuevos conquistadores, los almorávides, que rápidamente van haciéndose con el poder en todas las taifas que no estaban en manos cristianas, y con Al-Andalus de nuevo unificada crearán muchos problemas en los reinos cristianos. Aunque no conseguirán recuperar Toledo, sí conquistan algunas plazas fuertes, como el castillo de Alcalá.