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Alonso Carrillo, el Arzobispo levantisco

   

Una mirada a nuestra historia

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Alonso Carrillo, el Arzobispo levantisco

 

                Hacia mediados de siglo llega a la sede toledana D. Alonso Carrillo de Acuña, figura clave en nuestra historia. Hombre de gran energía, fuerte personalidad y carácter, hará una gran labor en Alcalá, de la que será vecino ilustre por sus largas estancias en el palacio, y preparará el terreno para sus dos sucesores en la silla primada, Mendoza y Cisneros.

            Nada más ser nombrado arzobispo obtiene del Papa licencia para fundar 15 conventos de franciscanos en toda la diócesis, con el objetivo de evangelizar a un pueblo con poca cultura y una presencia considerable del elemento musulmán. Uno de los lugares elegidos será Alcalá dada su elevada población morisca. Por conveniencia decide ubicar el nuevo convento en el lugar ocupado hasta ese momento por la segunda parroquia de la ciudad, Santa María la Mayor, más allá de la Plaza del Mercado (en lo que hoy día es la plaza de San Diego). Para ello debe encontrarle una nueva ubicación a la parroquia, y lo hará incorporándola al edificio de la ermita de San Juan de los Caballeros (lugar de enterramiento de la nobleza), en un extremo de la Plaza del Mercado. Como este edificio es pequeño destinará unos dineros para hacerlo más grande, alargándolo hacia los pies y levantando una torre. El edificio dejado por la parroquia se convertirá en la iglesia del nuevo convento, a cuyo lado levantará de nueva planta la residencia de los frailes propiamente dicha, que tendrá dos claustros góticos (a juego con la iglesia) a dos alturas. Este convento será inaugurado en 1456 bajo la advocación de Santa María de Jesús. A esta nueva casa de franciscanos se incorpora como uno de sus miembros iniciales fray Diego de San Nicolás del Puerto, cuya fama de hombre caritativo era conocida incluso en Roma, y que será en el futuro más conocido como San Diego de Alcalá. A él se le deben las trazas de la imagen de Santa María de Jesús que presidía el retablo de la iglesia, ya que el arzobispo mandaría esculpirla según la visión de la Virgen que el santo tuvo en un sueño, y que será la segunda talla gótica de la ciudad en devoción popular (la primera es la Virgen del Val). Para mejor cumplir con su idea de evangelizar a la población, Carrillo necesita que sus frailes tengan buena formación, para lo cual obtiene del Papa unos años después el permiso para fundar tres nuevas cátedras para los franciscanos en los Estudios Generales de Alcalá, los cuales trasladará a las inmediaciones del convento para mayor comodidad de todos.

            Vuelven a ser años turbulentos para Castilla, enredada en las disputas nobiliarias y las peculiaridades de la casa real de los Trastámara. Dos años después de la muerte en olor de santidad de fray Diego, en 1465 la nobleza castellana (incluyendo a Carrillo) proclama rey al infante D. Alfonso, hermano de Enrique IV, lo cual desencadena una guerra entre los partidarios de ambos. El enfrentamiento concluye con un pacto por el que Enrique IV designa a su hermana Isabel como su sucesora, en lugar de su hija Juana (conocida como la Beltraneja). Pero el matrimonio de Isabel con Fernando, heredero de la corona de Aragón, que nuestro arzobispo oficia, no será de su agrado y romperá el pacto. Como era de esperar, a la muerte de Enrique IV en 1474 se desata otra guerra, entre los partidarios de Isabel y los de Juana la Beltraneja. Carrillo, que apoya a la segunda, se encerrará en Alcalá tras la proclamación de Isabel como reina de Castilla en 1475. La guerra terminará con la victoria del bando isabelino, lo cual pone en mala situación a nuestro arzobispo, que deberá solicitar el perdón real, concedido a cambio de varias de las fortalezas del Arzobispado, entre ellas Alcalá la Vieja y Santorcaz.

            Un año después de la batalla de Toro, en 1477, Carrillo consigue otro de sus objetivos: el Papa erige la iglesia parroquial de los Santos Justo y Pastor en Colegiata. Nuestra iglesia número uno pasa a tener la dignidad inmediatamente inferior a catedral: tendrá un abad que hará las veces de obispo en su ausencia, y un cabildo de 20 canónigos, sacerdotes que viven en comunidad para atender mejor el culto, tanto de la propia colegiata como de capillas y fundaciones privadas. Esto conlleva la necesidad de un edificio más grande que pueda albergar capillas, y un coro mayor para el obligatorio rezo comunitario de la liturgia de las horas. Comenzarán enseguida las obras de engrandecimiento del templo, que deberá crecer hacia los pies puesto que el altar mayor seguirá sobre la cripta de los Santos Niños, dejando un coro central como en todas las grandes catedrales góticas.

            Dos años después el arzobispo de Toledo se convierte en residente de nuestra ciudad al retirarse al palacio, del que no saldrá hasta su muerte en 1482. A petición suya no será enterrado en la catedral de Toledo, sino en la iglesia de su convento de Santa María de Jesús.