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Una próspera ciudad y su patrona        

 

Una mirada a nuestra historia

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Una próspera ciudad y su patrona

           

            Nuestra ciudad seguirá creciendo en importancia como segunda corte arzobispal a lo largo del siglo XIV, durante el que se convocarán sínodos provinciales, e incluso Cortes en el año 1348. Por estas fechas, año antes, año después, tiene lugar otro acontecimiento importante para la ciudad. Cuenta la tradición que un labriego, arando sus tierras cerca de la margen del Henares, a la altura del castillo, encuentra enterrada una imagen de la Virgen. Volviendo a casa, un imprevisto le obliga a dejar en custodia la imagen en casa de unas personas conocidas en la villa y honradas. Cuando vuelve por ella todos los habitantes de la casa están durmiendo, y ha de esperar hasta la mañana siguiente. Con las primeras luces del día vuelve y descubre que la imagen había desaparecido de donde los de la casa la habían puesto. El labriego piensa que se la quieren quedar, y los denuncia al vicario, el cual, oídas ambas partes no puede sino creer la verdad de unos y otros, dejando en suspenso la cuestión como misterio. Vuelve a su labor triste y pesaroso nuestro hombre, y arando de repente los bueyes se paran: en un trono de luz estaba la imagen perdida, que le mandaba construir una ermita en dicho lugar. Mientras el templo se edificaba, la imagen permaneció en la capilla mayor de la parroquial de San Justo... Cuando finalizaron las obras la imagen se trasladó a la ermita, y a partir de entonces fue custodiada y reverenciada allí por los alcalaínos como patrona, bajo la advocación de Nuestra Señora del Val.

            El siglo concluirá con otro arzobispo clave en la historia de la ciudad por las muchas obras que realizó, D. Pedro Tenorio. Aparte de reconstruir la ermita de la Virgen, fortificó Alcalá la Vieja, las murallas y defensas en general de la ciudad y el palacio. Además, dado el desarrollo de la ciudad más allá de la puerta de Guadalajara, inicia probablemente las obras de ampliación de la muralla por esa zona, incluyendo ya dentro del recinto la Plaza del Mercado (lugar de las Ferias) y lo que más tarde se convertirá en la ciudad universitaria. Se alcanza así la configuración final del recinto amurallado y lo que hoy denominamos el casco antiguo de Alcalá.

            Durante su mandato ocurre en Alcalá un hecho importante para el reino de Castilla. El rey D. Juan I sufre una caída de su caballo cuando contemplaba los ejercicios militares en lo que hoy es el paseo de los Pinos (Parque O’Donnell), a consecuencia de la cual muere. El arzobispo, que le acompañaba, ocultó el hecho diciendo que el rey estaba malherido y no se le podía mover. Levantaron una tienda sobre el lugar y durante tres días D. Pedro trabajó para asegurar la fidelidad de los nobles al infante de Castilla, todavía un niño, antes de representar la farsa final de la muerte del monarca tras esa larga agonía.

            A lo largo de este siglo distintos arzobispos dejarán su huella en el Palacio Arzobispal. Entre ellos destaca Martínez Contreras, a quien se deben las reformas del ala este que darán lugar al famoso Salón de Concilios, con sus yeserías y su magnífico artesonado mudéjar. En estos momentos, aunque externamente sea una fortaleza cuadrada entorno a un patio de armas, flanqueada de torreones, por dentro se va transformando en un verdadero palacio. Como un signo más del crisol de culturas logrado en Toledo, los arzobispos siempre fueron muy aficionados al arte mudéjar, y el palacio fue hasta un siglo después, por dentro y por fuera, una muestra de ese arte: torreones como de alcazaba árabe, puerta principal en arco de herradura, artesonados, yeserías...