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Una mirada a nuestra historia
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... y la reconstrucción: el Burgo de San Justo
Tras la devastación de la guerra comienza la tarea de la reconstrucción. El burgo está abandonado, el castillo ha sufrido bastantes daños durante el asedio, de los complutenses unos han muerto en batalla, otros han huido. Para un nuevo comienzo se necesita gente que quiera habitar y reconstruir el lugar. Después de unos años de incertidumbre, la donación por parte del r
ey Alfonso VII y su mujer Dña. Berenguela “del castro que ahora se dice Alcalá, pero antiguamente Compluto, con todos sus términos antiguos…” al arzobispo de Toledo, además de añadirle la soberanía temporal a la espiritual, le permite comenzar la tarea. D. Raimundo de Sauvetat, sucesor de D. Bernardo, mediante el conocido como Fuero Viejo, establecerá cómo habrá de hacerse la reconstrucción, así como las normas de convivencia de la población del llano: Alcalá la Nueva, Burgo de San Justo o San Justo de Alcalá. El castillo y su población, Alcalá la Vieja, tendrán normas aparte: se considera prudente conservar la fortaleza, pero los arzobispos favorecerán con mayores privilegios el asentamiento en el llano y el desarrollo del burgo. Con el tiempo, aunque Alcalá la Vieja seguirá teniendo guarnición, los complutenses irán abandonando progresivamente los barrancos del otro lado del Henares. Poco a poco; todavía los arrabales tendrán población a mediados del XVI. Complutenses exiliados retornarán a su antiguo solar, junto con nuevas gentes de otras zonas de Castilla. De su amalgama con los mozárabes, los musulmanes y los judíos complutenses surgirán los alcalaínos medievales. El Fuero establecerá los privilegios de los ciudadanos de cada una de las tres religiones: para los cristianos todos, para los judíos casi todos, y para los moriscos, como pueblo conquistado, muy pocos.
Con el transcurrir del tiempo, de los reyes y los arzobispos, se irán sucediendo a lo largo del siglo XII los privilegios con el objetivo de favorecer al máximo, también en lo económico, el desarrollo de la ciudad y de la comarca. Por ello, y añadiéndose a los mercados semanales y mensuales, el arzobispo D. Gonzalo Pérez consigue del rey Alfonso VIII en 1184 la concesión de unas Ferias anuales, a celebrar durante diez días a partir del segundo domingo de Pascua. Estas Ferias irán ganando en importancia con el tiempo, y los reyes y arzobispos sumarán protecciones, privilegios y exenciones de impuestos para aumentar su interés económico para los feriantes, a la par que los ingresos a las arcas arzobispales y reales derivados de ellas.
El inicio del siglo XIII nos trae a D. Rodrigo Ximénez de Rada como arzobispo de Toledo. Las visitas del arzobispo y su creciente séquito hacen necesaria la construcción de un lugar donde alojarse, siendo éste el inicio del Palacio Arzobispal. Muy probablemente se inicia también en esta época la construcción de las murallas de la ciudad, en parte como precaución tras los daños causados por las tropas almohades unos años antes, que después de derrotar al rey de Castilla en Alarcos trataron de conquistar Toledo, pasando por el solar complutense en alas de un renovado viento de guerra que afortunadamente pasó pronto.
Alcalá en estos momentos va tomando un aspecto que nos resulta familiar. Faltan edificios, no existe la plaza de los Santos Niños como tal, pero el trazado de las calles es muy parecido. De las distintas puertas de la ciudad convergen las calles como radios de una rueda en la Plaza de Abajo, incluyendo la calle Mayor, más estrecha y sinuosa que ahora, y con columnas de madera en lugar de piedra. La iglesia parroquial de San Justo es un edificio pequeño, probablemente románico, al lado de cuya cabecera está la Plaza de Abajo (soportalada igual que la calle Mayor), lugar de mercado diario. El gobierno de la ciudad, a cargo de dos concejos, se reúne a toque de campana en la ermita de Santa Lucía, en el mismo lugar en que la conocemos hoy día. Posteriormente tendrá un edificio propio en la Plaza de Abajo. Extramuros, en dirección hacia Guadalajara, la ciudad va a ir creciendo poco a poco, delimitando el espacio usado para la feria anual, y que será posteriormente la actual Plaza de Cervantes. En un principio la población vive en barrios diferentes según su distinta religión y cultura. El más extenso es por supuesto el barrio cristiano, ocupando más o menos las tres cuartas partes del recinto amurallado, desde la actual calle de Sandoval, siguiendo la muralla hasta volver a la calle Escritorios. Aparte del palacio arzobispal y la parroquial de San Justo, contenía las ermitas de Santa Lucía y de San Miguel, las casas nobiliarias y el barrio de las escuelas. La judería se organizaba entorno a la calle Mayor, siendo sus límites las calles Escritorios y Santiago, con las tiendas y talleres abiertos bajo los soportales, y la entrada a las casas por calles y patios interiores conocidos como adarves. Teniendo en cuenta la población de Alcalá, la comunidad judía era bastante numerosa, como atestigua la existencia de dos sinagogas, la Mayor comunicada con las calles Mayor (Corral de la Sinagoga) y Carmen Calzado, y la Menor comunicada con las calles Santiago y Mayor (metro arriba, metro abajo en el entorno del actual restaurante La Cúpula). El barrio morisco estaba hacia el norte, entre la puerta de Burgos, la calle Santiago y la muralla, continuando extramuros en el arrabal de Santiago (al otro lado de la Plaza de la Cruz Verde). Este reparto de la ciudad en barrios fue sólo un marco de referencia, al menos en la Baja Edad Media, ya que no es raro encontrar cristianos, judíos y musulmanes viviendo puerta con puerta por ejemplo en la calle Mayor.
Este siglo verá el traslado de las Ferias por parte de Alfonso X al mes de agosto, “por allá por San Bartolomé”, una vez finalizadas las labores agrícolas en la comarca, de forma que ya hasta nuestros días comienzan en el entorno de esa fecha (24 de agosto). Y a finales de siglo, en 1293, el arzobispo García Gudiel consigue del rey Sancho IV de Castilla un privilegio para crear en Alcalá un “estudio de escuelas generales semejante al de Valladolid”, que será el germen de la futura Universidad. La tradición sitúa el Estudio General en la zona donde actualmente se encuentra la Facultad de Económicas (“el barrio de las escuelas”).